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Lleno de
no hay billetes y van cinco. En tarde espléndida, se
lidiaron seis toros de Torrestrella a excepción; de un
bravo y enclasado, sobre todo por el pitón izquierdo
4º bis, flojos, descastados y sosos.
César
Rincón, de azul marino y oro. Silencio y dos orejas.Se
despidió entre ovaciones el maestro colombiano.
Enrique
Ponce, silencio y ovación.
Salvador
Cortés, silencio y saludos.
Incidencia: Gran actuación de Luis Mariscal en banderillas
en el sexto
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1
César Rincón |

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ALGO SE MUERE
EN EL ALMA - Por Ignacio de Cossío
Entrega
es la palabra que definió la enrazada faena del mejor torero
de América que ayer se despidió para siempre de
la Maestranza. César Rincón, espectador de lujo
en su primero como del resto del mal encierro de Torrestrella
jugado en Sevilla, a excepción del mencionado cuarto obtuvo
la nota más sobresaliente. Pero ahí no quedó
la cosa y casi en el cierre de la tarde, redondeó el maestro
una gran faena en redondo de manera magistral y torera. Tras unas
verónicas aseadas colocó el bogotano al toro en
el caballo para que éste cumpliera sin más. Todo
quedaba por venir... Como no podía ser de otra manera,
la histórica despedida se fraguó por bajo con doblones
toreros hasta que pudo atemperar las embestidas del animal más
bravo de la feria. El toro de nombre Ventisca parecía un
obús junto al maestro. Su paso atronador levantó
el polvo del albero. La tierra crujía y el César,
más César que nunca, ligó dos series largas
al natural. Volvió Rincón a la cara del toro y templó
más aún su muleta. No puede ser, el toro descubre
al torero que esta al hilo y lo caza a traición. El maestro
sufre una voltereta espeluznante, su cara está ensangrentada,
conmoción craneal y ya sus piernas casi no pueden sostenerle.
Ponce se acerca y le invita a abandonar. Rincón se niega
y nos regala las dos series de mayor entrega de esta Feria de
Abril 2007, en donde no deja de producirse acontecimientos felices.
Allí junto a las tablas del cuatro, frente a mí,
nació Rincón de nuevo. Ése colombiano descarado
y arrebatadoramente valiente y feroz ante el toro más bravo
en Sevilla. Siete derechazos bastaron, la plaza extasiada muda
se quedó. Llegó la suerte suprema, quietas a modo
de testigos mudos aguardaron las cuatro banderas plegadas de la
torería. El colombiano lo intenta y lo consigue por segundo
vez a recibir, lo nunca visto en mucho tiempo. Estocada hasta
la bola y caen del palco las dos orejas a ley y a sangre, logradas
por El César que se marchó entre palmas besando
su bandera nacional y ese albero maestrante que guardó
celoso en su chaquetilla para no olvidar quién fue y como
conquistó a Sevilla.
Ponce ante un lote imposible brilló y dejó palatina
constancia de su maestría. Cortés, también
ante un lote nefasto, continúa en ese compás de
espera en donde se sitúan las mejores y más jóvenes
espadas de nuestro país, hoy rendidas más que nunca
al maestro colombiano César Rincón.
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